Disfrutar del Vino: Menos Cantidad = Más Salud y Elegancia

Maximiliano Bertolini

 

Beber un gran vino es, sin dudas, una de las experiencias sensoriales y gastronómicas más cautivantes.

Sensorial, porque intervienen todos los sentidos en una armonización deslumbrante. Y gastronómica, porque el vino es un alimento y un actor principal de cualquier comida que no desee pasar desapercibida.

Esa es la razón por la cual hoy hablamos tanto de maridajes. Es claro, los buenos vinos deben beberse con buenos platos y, en lo posible, es importante lograr que cada protagonista consiga resaltar las mejores cualidades del otro.

Ahora bien, tal vez hay un punto en el que la comunicación del vino aún no resulte efectiva.

Se nos ha explicado hasta el cansancio que el salmón y las ostras combinan muy bien con Chardonnay y que los tintos como el Cabernet Sauvignon o el Malbec conjugan perfecto con carnes rojas y pastas.

¿Pero cuánto se nos dijo acerca de cómo disfrutar de un buen vino?

Es cierto, podríamos partir desde una idea muy clásica: el vino se bebe como a uno más le guste.

Sin embargo, hasta aquí seguimos sin tener en claro qué significa beber un buen vino.

Hace poco escuché con entusiasmo a un grupo de bodegueros de la Toscana, hablar de la necesidad de volver a enseñar el verdadero arte que encierra el ritual del vino.

Y para ello es imprescindible volver un poco hacia atrás. Por supuesto, no tanto, pero sí un poco, para saltearnos al menos el fatídico momento en el que la maravilla que supone beber un gran vino comenzó a transformarse en marketing o esnobismo.

Decir esto no significa que estemos enfrentados al marketing. Muy por el contrario, el marketing serio nos informa y nos sorprende frente a cada lanzamiento y creación. Y eso es magnífico y sumamente importante para la industria.

El marketing que nos daña es simplemente aquel que pretende vendernos algo que no es.

Y en este punto, el desca – marketing, o marketing descartable, se parece mucho a un esnob: nos muestra una imagen determinada que en realidad no existe. Y eso aleja e incomoda.

En el genial film Somm, en la Botella, la especialista Carole Meredith afirma que “algunos aspectos del mundo del vino están realmente llenos de basura”. Y luego añade: “Es una pena que muchos consumidores consideren que deberían saber todo acerca de un vino para poder disfrutarlo y hablar de él”.

Por este motivo, muchos se ven un tanto espantados a la hora de adentrarse en este hábitat fascinante, mientras que otros, sin saber casi nada, hablan demasiado, fomentando en ocasiones un consumo errado, excesivo y poco favorable.

De allí la importancia de lo que comentábamos al principio: ¿cuánto se nos dijo acerca de cómo disfrutar de un buen vino?

Tal vez debamos recuperar un poco el equilibrio, porque el vino es una bebida simple. Y nunca debemos olvidarnos de que el vino es primordialmente un alimento, un producto pensado y creado para consumirse (en lo posible, entre 2 o más personas).

Aubert de Villaine, propietario de Domaine de la Romanée-Conti, se esfuerza por remarcar esta idea y admite que el vino es también un objeto de nuestra cultura, pero no por ello deja de ser algo pensado para calmar la sed y también para disfrutar, para generar alegría y buenos momentos.

Ahora bien, dentro de esa simpleza se esconden muchísimas características especiales, lo que nos lleva a otra conclusión: el vino es una bebida simple, pero a la vez grandiosa. Y digámoslo con claridad: ¡genuinamente grandiosa!

Un buen vino no necesita presumir con añadidos pomposos, porque sus rasgos únicos se muestran por sí solos. Amplificarlos con un marketing precario resultaría redundante y poco elegante.

¡Qué diferente sería el consumo si desde jóvenes nos enseñaran que un gran vino es el producto de muchísimas horas (y días, y meses, y años) de trabajo, por parte de muchísimas personas; desde el propietario de la bodega hasta quienes se encargan de los viñedos, de la cosecha, de los detalles técnicos, de la publicidad, de la logística y de tantas otras variables!

Afortunado aquel cuyo padre, abuelo o simplemente un amigo mayor le haya enseñado el arte de beber un buen vino, apreciando sus características genuinas, el arte de su elaboración, el esfuerzo de sus creadores y la elegancia de lo que perciben sus sentidos.

La elegancia genuina que supera cualquier puesta en escena de moda y que alcanza, con argumentos perfectos, la sabiduría y la experiencia.

En una charla colmada de conocimiento y pasión, un enólogo italiano me comentó felizmente su alegría por haber transitado años de juventud bebiendo vinos locales junto a su padre. Fue precisamente su padre quien, en cada almuerzo o cena compartidos, supo recordarle:

“Hijo, olvídate del vodka, del tequila y hasta de la cerveza. Mi consejo es que reserves tu cuota de alcohol para la mejor bebida del mundo: el vino. Y recuerda beberlo con suavidad, hasta entender su mensaje”.

A partir de entonces, este creador comenzó realmente a entender.

Tal vez suene utópico pensar que en algún momento, chicos y chicas de 18 a 25 años decidan dejar de lado los nocivos descontroles con bebidas blancas para comenzar a hablar de vinos, sobre la base de momentos inolvidables. ¡Y sin excesos!

Es cierto, suena utópico… ¿pero, por qué no?

La humanidad va evolucionando, y en algunas cosas para mejor.

¿Por qué, entonces, no aprender a comunicar mejor las características de una de las bebidas más nobles?

El vino nos ha acompañado desde hace siglos, formando parte de nuestras vidas, alrededor del mundo, y en los momentos más dispares.

Su presencia nos ha permitido descubrir culturas, ampliar el comercio y la comunicación, desarrollar nuestro afán de superación y, principalmente, compartir grandes experiencias.

Por todo esto y por sus cualidades saludables desde la moderación y el sentido común, la UNESCO ha declarado a la dieta mediterránea Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, incluyendo, claro está, la presencia del vino.

Frente a estas cualidades invaluables, ¿por qué no esperanzarnos en lograr un consumo saludable, apoyado en los cimientos sólidos de algo tan colmado de vida y arte?

Tomemos el ejemplo del cigarrillo. Hace no muchos años era habitual que todo el mundo fumase en cualquier parte. Incluso, muchos padres fumaban sin recelo delante de sus hijos, ignorantes del daño físico que podía desprenderse de ello.

Hoy todo eso cambió y ya no es fácil encontrar un lugar propicio para dar rienda suelta al vicio. E incluso hasta los más estridentes envoltorios nos advierten, con imágenes dramáticas, lo perjudicial del tabaco.

Por otra parte, entre los jóvenes (y no tanto) el alcohol se ha vuelto un problema difícil de abordar. Pues bien, yo creo que en eso también nos puede ayudar el vino.

¿Por qué no imaginar un escenario en el cual los chicos de 20 hayan logrado alcanzar una formación racional y fructífera, a punto tal de aprender a compartir experiencias enriquecedoras - ¡y mucho más saludables! – alrededor de un Malbec, un Pinot Noir o un Chardonnay?

Hace poco, en una degustación, un estudiante de 23 años que espera convertirse en sommelier, me contaba cómo el vino cambió los hábitos con sus amigos.

Lo que más me sorprendió no fue su fascinación por el tema, sino la rapidez con la que su influencia vinícola logró imponerse durante los fines de semana.

De a poco, y a medida que las grandes charlas fueron aflorando, los vinos les ganaron las pulseadas al vodka y al tequila, trayendo consigo mucha más poesía, mucha más elegancia y, sobre todo, mucho más placer y salud.

 

 

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